Podcast / Planeta Musical Sur.- Las relaciones e influencias musicales entre los países del Mediterráneo es algo incuestionable. Si nos ceñimos al entorno cultural más cercano, es habitual encontrar la publicación de trabajos de fusión entre flamenco y música árabe; y que se hable de la música andalusí como un patrimonio cultural propio español, cuando este es el nombre que denomina también la música tradicional del Magreb. Los nexos de unión parecen claros y el origen de ellos radica fundamentalmente en la presencia de la cultura árabe en la Península Ibérica durante ochos siglos en la Edad Media.
Duración aproximada: 58:49
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Producción: Radio Calf-Universidad FM 103.7
Dirán algunos que todo surge de la permanencia árabe en la Península ibérica hace ya cientos de años, y es cierto, pero si se profundiza un poco nos daremos cuenta de que los vínculos musicales han perdurado de manera férrea hasta ahora; y no sólo en la música española, sino que la influencia ha calado de manera clara y permanente, en lo que conocemos como la música clásica occidental. En la sociedad que encontraron los árabes cuando llegaron a la Península en el siglo VIII, los instrumentos musicales estaban prohibidos por la Iglesia cristiana, que los consideraba pecaminosos por lo lascivo de sus formas, y porque incitaban al movimiento del cuerpo. De hecho, la música profana no comienza a ponerse por escrito hasta la Baja Edad Media. Los invasores árabes introducirán en la sociedad civil, entre otros, dos instrumentos cruciales para el desarrollo musical español y europeo; el laúd (ud, palo flexible), de cinco cuerdas dobles, y el rabel, una viola de dos cuerdas a distancia de quinta que con el paso de los años, en el Barroco, desembocaría en la familia del violín tal y como hoy la conocemos. Es decir, que nuestros occidentales violín, viola, chelo y contrabajo, base de toda la música culta europea occidental a partir del siglo XVII, proceden de un instrumento árabe de sólo dos cuerdas (una melódica y otra con función de bordón) que fue adoptado por los juglares junto con otros instrumentos para interpretar la música trovadoresca. Respecto al laúd, es difícil disociar su imagen a la de cualquier cortesano europeo del Renacimiento y del Barroco, y, por otra parte, su relación con el desarrollo posterior de la vihuela y de la guitarra española parece incuestionable.
Existen otros instrumentos de origen árabe muy presentes en la música española y occidental. De las chirimías orientales (instrumentos de viento con doble lengüeta) nacería en España la dulzaina, instrumento tradicional muy usado en la música folclórica castellana. A la evolución de las chirimías debemos también el oboe, indispensable en la plantilla de cualquier orquesta sinfónica actual. Atestiguan el uso del laúd y del rabel las descripciones que de ellos se hacen en El Libro del Buen Amor (del Arcipreste de Hita), la iconografía presente en los arcos de las iglesias románicas que salpican toda la geografía peninsular, y las ilustraciones en miniatura que decoran los cuatro códices que albergan las Cantigas de Santa María (de Alfonso X El Sabio). Precisamente ese rey, consciente de todo lo que podían aportar culturalmente los árabes, creó la escuela de traductores de Toledo. Gracias a esas y a otras traducciones, Europa conoció, por ejemplo, el sistema musical modal griego. La influencia no queda, sin embargo, en una mera asunción de instrumentos musicales. Las formas musicales profanas que se desarrollan en Al-Andalus, las que conforman lo que conocemos como música andalusí, tienen una notable influencia en la cultura posterior. Se destaca la nuwashaha (bordar), una música propia de la vida cortesana y refinada de los palacios árabes de los Omeya cuya estructura, de poema con refrán, acababa con una última estrofa de salida llamada jarcha, escrita en lengua mozárabe pero con grafía árabe; y que para muchos filólogos supone el arranque de la lírica castellana y gallega. De influencia en sentido contrario, se pueden señalar las nubas (turno de espera), una música nacida en Al-Andalus que hoy día pervive en el Magreb (Marruecos, Túnez y Argelia). Consiste en la improvisación vocal sobre versos árabes clásicos, acompañada de instrumentos de percusión, que tocan sobre unas fórmulas rítmicas llamadas wasu. Es fácil deducir después de lo comentado que la música profana culta en el sur de Europa, como la trovadoresca, recibe un notable impulso de la cultura árabe.
El geocentrismo imperante en Europa, centralizaba todo el saber en los monasterios, y en ese ámbito la música sólo podía tener un fin espiritual, era un mero acompañante de la voz, del rezo. Aunque en los últimos siglos de la Edad Media se desarrollará enormemente la polifonía vocal, esta nunca dejaría espacio para el uso y avance de instrumentos musicales, o para la utilización de la música como una forma de expresión humana, una fuente de disfrute y de comunicación. No obstante que lo mencionado hasta ahora se produce entre los siglos VIII y XV, resulta patente que el vínculo musical ha llegado hasta nuestros días; y que son más los nexos de unión, que lo que separa dos culturas muy cercanas geográficamente (y de las que parece que se está mentalmente más distanciados). Comentarios basados principalmente en un artículo de Isabel Duque publicado en el nº 46 de Pueblos, una revista española de Información y Debate. Y los temas escuchado pertenecen a los discos “Encuentros” de Juan Peña El Lebrijano con la Orq.Andalusí de Tánger, “Flamenco árabe” de Rafa El Tachuela con Hossam Ramzy, “Puertas abiertas” de El Lebrijano con Faisal Kourrich, y Flamenco árabe 2 de Jose Luis Monton y Hossam Ramzy. Es una realización de Jorge Laraia.




























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