Llegué 30 minutos antes de las 6 de la tarde, hora a la que estaba convocada la rueda de prensa informativa por la Plataforma Icodense por Nuevas Alternativas al Anillo Insular, haciendo tiempo me acercaba a un bar para tomarme un cortado cuando me encontre con Dña. Antonia, mujer de 77 años curtidos por el sol y la tierra, de espalda encorvada y manos encallecidas por el trabajo con la azada. Nos saludamos y comenzamos a hablar, me interesé por su situación y me contó que sobrevivía con una mísera pensión de unos 300 euros y que ahora le iban a demoler su casa por las obras del anillo insular.
Una casa heredada de sus padres, que a su vez la habían heredado de los suyos, con orgullo me dijo "una casa pequeña donde tengo poco espacio para moverme, pero es la casa donde nací y nacieron los míos. Y donde quiero morir", me siguió contando que le ofrecían una miseria por ella, pero aunque le dieran todo el oro del mundo su único deseo era morir junto al recuerdo de los suyos, en el mismo lugar donde durante generaciones han habido risas y llantos, nacimientos y muertes, buenos y malos momentos, en definitiva el lugar donde ha envejecido.
Dña. Antonia nunca ha engañado a nadie, pero a ella si la han engañado y pisoteado, la intentan desarraigar, le intentan arrebatar en la recta final de su existencia todos los vínculos que le unen a la tierra, su tierra, que a su vez es lo único que aún le une a la vida.
Dña. Antonia nos representa a todos los que amamos y defendemos nuestra tierra como el único legado para las generaciones futuras. Dña. Antonia somos todos.




























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