Pedro Brenes * / Artículos de opinión.- La empresa individual y las pequeñas empresas familiares son parte esencial y necesaria del tejido productivo. Su aportación es fundamental pues constituyen la base del sistema económico y su actividad, sobre todo en los sectores agrícola y comercial, es tan importante que sin ellas todo el ciclo de producción-distribución-consumo-empleo se vería seriamente amenazado de paralización.
Sin embargo, el sistema capitalista dominado por los monopolios financieros, que controlan a las grandes empresas y a los bancos, no reconocen la importancia de las numerosas y eficientes pequeñas empresas familiares ni de los trabajadores individuales autónomos. Por el contrario, en su afán por acaparar el máximo beneficio las llevan a la ruina con impuestos proporcionalmente superiores de los que gravan a sus grandes competidores, y obligándolas a pagar altos intereses e innumerables tasas y comisiones a los bancos.
Hasta el punto de que muchas de ellas deben abandonar su actividad y cerrar ante la situación de verse “trabajando para el banco”, forzadas a competir en condiciones de franca inferioridad con las grandes empresas y contemplando como sus escasos beneficios son absorbidos por el costo de los créditos y las comisiones de gestión que los monopolios usureros, con la complicidad de los gobiernos a su servicio, les cobran.



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